miércoles, 14 de marzo de 2012

Un pequeño pedazo de mi

"Cuéntame de esos mundos de los que tantas veces me hablas, tan ilusionado, y yo te diré si son posibles o no", me dijo, supurando convicción por cada una de las palabras que expulsaba su boca. En ese momento me di cuenta de que no estaba entendiendo nada de lo que le explicaba. Me oía, sí, pero escogía las partes que quería comprender. Aun así, me dispuse a explicarle una de mis habituales escapadas de la realidad:

"Cuando estoy huyendo se convierten en mi realidad, y aunque en un principio lo sepa, la línea entre la realidad y mi Universo se va difuminando como una pintura al pastel se esparce en un lienzo. Puede que vea mundos enteros y especies maravillosamente mías; puede que todo mi alrededor se transforme en forma, color y sonido; o simplemente mi realidad se vuelve irreal y salgo de ella como un personaje de cómic sale de sus viñetas. Y todo se vuelve tan tangible que en ese momento existe completamente dentro y fuera de mi", le contesté, y me dijo que era la mayor sarta de tonterías que jamás le había contado. Yo le repliqué que si podía creerme que existía la magia, que la ciudad no era humo y miseria sino verde y río, prado y bosque; que vivía dentro de un cuadro, fuera del mundo; que yo mismo era la música y mi Universo una sinfonía. 

Si podía creérmelo todo era porque tenía fe. Tenía fe en que, al tener fe en mis sueños, algún día se harían realidad y todo el Universo cambiaría de principio a fin. Pero no puedes convencer con sueños a quién no cree en la imaginación.

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