Caía y caía, y el agujero parecía no tener fondo, y yo seguía cayendo.
Pero aterricé en algún momento de mi caida, sobre tierra húmeda. Estaba oscuro. Busqué mis cerillas en los bolsillos de la chaqueta, pero no logré encontrar más que una. La encendí con la suela del zapato, y por un momento pude vislumbrar dónde me encontraba.
Hasta dónde alumbraba la parpadeante luz sólo alcanzaba a ver tierra. Un túnel que se extendía hacia lo que yo suponía que era el interior del mundo, siempre en línea recta, sin descender ni ascender. Por las pequeñas raíces que se observaban en las paredes y el techo suponía que no estaba muy lejos de la superfície, y eso me daba confianza, así que empecé a caminar antes que se apagara la cerilla, para tener un poco de luz y ver si podía distinguir algo en las lejanas cercanías del halo luminoso.
La cerilla no duró mucho más, y a pesar de quemarme las yemas de los dedos, el túnel seguía recto, intachable. Y yo seguí recto con él, durante lo que parecieron horas y al mismo tiempo segundos. Pero cuando empezaba a notar el cansancio en mis piernas, noté una pequeña corriente de aire, casi imperceptible. Aire fresco. Aire limpio. Seguí el soplo de aire por el túnel, que empezó a descender levemente. Durante un buen tramo nada ocurrió, hasta que empecé a vislumbrar una luz en la lejanía, un pequeño punto, y el túnel volvía a ser recto. Empecé a correr hacia la luz, ya podía ver la hierba, los árboles, el cielo y sus nubes, brillando en un día perfecto de principios de primavera.
Pero la ilusión me jugó una mala pasada. Con mis prisas para llegar al mundo exterior después de lo que me parecieron meses encerrado en ese túnel, vagando sin rumbo y sin embargo siempre en una dirección, no vi el agujero que se abría delante de mis pies, de apenas dos metros de largo y uno y medio de ancho. Y no pude agarrarme, y caí.
Y caía y caía. Y el agujero parecía no tener fondo.
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