Así que me senté en el borde de la cama, y pensé en todas las cosas que había hecho durante mi vida hasta ese día, y me di cuenta de que por más que lo intentaba, solo podía pensar en mis aspiraciones fallidas, mis sueños hundidos y mis ideas caídas.
Me di cuenta de que de todos estos años solo quería guardar pequeños pedazos con los que no podía ni crear un cuadro decente. Tantas cosas hechas, y tan pocas de verdad. Tan pocas fueron reales, tangibles, sentidas por mi cuerpo además de por mi mente. La gran mayoría de mis experiencias estaban guardadas en rinconcitos de memoria dentro de mi cerebro, en armarios cerrados con llave dentro de la habitación sin luces ni ventanas. Y allí guardaba mi ser.
Esta no es la vida que había querido, pensaba, y creía que el mundo estaba equivocado conmigo, que valía mucho más de lo que había pagado por mí. Porque yo tenía ilusiones, tenía sueños, tenía espíritu, tenía un alma ligera y feliz; pero fue pasando el tiempo y mi cuerpo no cumplía lo que mi alma deseaba. Mi mente ponía trabas a todos los planes, mis sentimientos me consumían en soledad. Mis ilusiones quedaron truncadas, mis sueños encallaron y se hundieron en la más fría agua, mi espíritu se volvió seco y oscuro.
No pude llevar a cabo nada. Todas mis proposiciones quedaron en mi mente, y me consumí lentamente en mi auto-humillación.
Y acabé en este rincón, solo, vagabundo, triste y malvado. Perdido entre los hechos que debieron ser y los que, gracias a mi triste vergüenza, fueron.
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